Realidades del pasado: Un caballo y una noche le bastaron

Había bajado del tren con una enorme alegría. Las jaulas vacían quieren decir que la bolsa ha quedado llena. Al menos servirá para pasar mejor lo que queda de invierno y quizás para seguir alimentado a esas aves tan agradecidas que se han dejado montar en un tren, recorrer centenares de kilómetros y ser cambiadas por el imprescindible dinero que cubre el precio del mercado de la gran capital.

No había dudas esa noche

No había dudas esa noche

Los retos aquel día estaban por llegar. Dejó el sombrero en casa, era tarde y todo el mundo dormía. Ni siquiera su mujer le había esperado despierta, ya estaba avisada de que aquel día llegaría muy tarde.

Se sentó a tomar su cena rápida favorita. Partía galletas sobre un tazón de leche hasta que todas se impregnaban bien. Descubrió una nota sobre la mesa. Habían venido a preguntar. Su mujer, astuta, les había esquivado diciendo que aún no habían tomado una decisión, pero sabía que le estaban intentando sacar información.

Arrugó la nota con rabia. Es cierto que todo se había llevado con cautela y secreto, pero la visita de esos hombres denotaba su angustia, y lo que es peor, que no se fiaban de él. Probablemente, aquella misma tarde habrían comprado los billetes para viajar a Valladolid y dejar los papeles arreglados para el traspaso de la finca. Estaba atrapado. Nunca pensó que se la pudieran arrebatar, menos aún que se hubieran decidido tan pronto a hacerlo.

El silencio en la casa seguía siendo total. Buscó un lápiz con nerviosismo y escribió otra nota de respuesta.

Con el abrigo aún caliente, y el sombrero mojado por la lluvia se dirigió a la cuadra. El caballo está al final del todo, hay que atravesar el estrecho pasillo entre la pared y los cuartos traseros de las vacas. Aguantar el olor, pasar la mano por la piel del caballo y rezar para que se encuentre con fuerzas.

Come más heno, lo vas a necesita – le susurra al oído

Siempre fue hombre ligero, de decisiones rápidas. Si la intuición le llamaba, pocas veces le negaba su atención. Comprobó los estribos, subió al caballo, se acercó a su oído y le dijo: ¡Ánimo amigo, nos vamos a Valladolid!.

Apenas sospechaba que años después alguien pudiera escribir sobre esta aventura, porque esa noche forjó una leyenda, la de un hombre que cabalga durante la noche, sin dormir, con el ánimo poseído por una idea esperanzadora, con el sentimiento de que su esfuerzo daría resultado, con la convicción de que nadie le quitaría lo que era suyo.

Carlos Fernández-Alameda

18 de octubre de 2015, Ávila.

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