La llegada de la inteligencia artificial (IA) a las aulas ha provocado un choque entre la rapidez de las máquinas y la pausa que exige el aprendizaje humano. Un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), 247 páginas con la vista puesta en 2026, alerta sobre una realidad preocupante: la «pereza cognitiva». El documento sugiere que la prisa por obtener resultados inmediatos daña la forma en la que construimos el conocimiento y pone en peligro el desarrollo intelectual de los alumnos.
1. Hacer no es aprender
El informe distingue entre completar un ejercicio y adquirir una habilidad. Existe la tendencia a dar por bueno el éxito educativo solo por la calidad del producto final. Es el «espejismo del falso dominio». Los datos indican que un trabajo impecable redactado por una máquina suele ser el síntoma de un aprendizaje inexistente.
El efecto en la memoria es grave. Según los estudios citados, los estudiantes que delegaron sus deberes en la IA solo recordaron el 12 % del contenido, frente al 90 % de quienes trabajaron de forma autónoma. Los alumnos admitieron que se sienten ajenos a sus propios trabajos; una desconexión que rompe el vínculo entre el estudiante y el saber.
2. El «efecto muleta» atrofia el cerebro
Un estudio realizado en Turquía con alumnos de matemáticas sirve de aviso para los centros educativos. El uso de modelos de lenguaje elevó los resultados al instante, pero, en cuanto se retiró la tecnología, el rendimiento de los estudiantes cayó un 17 % por debajo de su nivel inicial.
Es el «efecto muleta». La tecnología puede atrofiar la capacidad intelectual al eliminar el esfuerzo necesario para resolver un problema complejo. El cerebro se acostumbra a un atajo que evita fases críticas como el diagnóstico o la corrección de errores. Sin este ejercicio, la IA deja de ser un apoyo y se convierte en una prótesis que debilita el pensamiento.
3. Ideas más parecidas y menos originales
La IA también afecta a la creatividad. Una investigación de Dosy y Hauser (2024) revela una consecuencia inesperada: la homogeneización de las ideas.
- Impacto individual: mejora la calidad aparente de la escritura.
- Impacto colectivo: las historias se vuelven mucho más parecidas entre sí.
La máquina ofrece lo que es estadísticamente más probable. Al depender de los mismos modelos, el pensamiento original se pierde en favor de una calidad estándar que limita la capacidad de crear visiones nuevas.
4. Del oráculo al tutor que pregunta
Para frenar esta deriva, el informe propone un «modelo socrático». La clave es que la IA deje de ser un oráculo que da respuestas y se convierta en un tutor que guíe al alumno mediante preguntas.
Plataformas como «Socratic Playground» demuestran que es posible configurar la tecnología para que detecte errores y obligue al estudiante a recuperar lo que ya sabe para poder avanzar. En este modelo, la máquina no sustituye al alumno, sino que le ayuda a alcanzar su propia autonomía.
5. Evaluar el camino, no solo el resultado
La educación del futuro debe centrarse en la responsabilidad del alumno ante la máquina. Si la IA puede fabricar el producto, el profesor tiene que evaluar el proceso.
El diseño de las clases debe apoyarse en tres pilares:
- Exigir esfuerzo: plantear tareas que requieran una reflexión que la máquina no pueda esquivar.
- Fomentar la autocrítica: obligar al estudiante a justificar sus pasos y a validar lo que dice el algoritmo.
- Mantener la iniciativa: asegurar que el alumno decida cuándo es útil usar la tecnología y cuándo debe confiar en su propio criterio.
¿Estamos delegando la tarea o nuestra capacidad de pensar? La IA no puede ser un sustituto. Ante cada pantalla, la pregunta sigue vigente: ¿queremos mejorar nuestra autonomía o dejar que el razonamiento se desvanezca por la comodidad del algoritmo?
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