Aislarse del fragor de la batalla

Veía su figura como una imagen detenida en el tiempo en medio de las astillas, la sangre, el metal y el plomo salpicándole en la piel. Había levantado su arma para repeler los ataques inmediatos, pero podía oler la derrota. Los enemigos que le rodeaban no le parecían los más peligrosos, les conocía bien. Sin embargo, en la distancia, se alzaban los estandartes incoloros que más temía.

Arbo_Battle_of_Stamford_Bridge_(1870)

Battle of Stamford / Fuente: wikipedia

No era la primera vez que el acero le atravesaba la piel, le provocaba ese dolor inconfundible que abre los nervios, se propaga por el cuerpo y le llena de frío. Frío y olor a metal.

Y es difícil ser ahora una imagen detenida. Conservar dentro del casco inserta en la cabeza la suficiente serenidad como para escuchar el fragor de la batalla y no hacerle caso.

Porque concentrarse en mantener la calma, pensar en la siguiente jugada, en los siguientes pasos, en la obra estratégica en la que no fallará ningún detalle, parece absurdo cuando sobreviene el caos.

Sin embargo, quiere permanecer así, congelado, quizás la nieve que se le posa en los hombros ahora, pueda convertirse en agua y librarle de su peso cuando decida que es el momento de levantarse y volver a formar parte del ruido, volver a fundirse con el insano fragor de la batalla.

 


Carlos Fernández-Alameda

3 de junio de 2016

2 pensamientos en “Aislarse del fragor de la batalla

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