El encuentro con las raíces en Santo Tomé de Zabarcos

La Moraña te suele abrumar con su cielo abovedado, atravesado por el encanto, el silencio, y, a veces, por una tormenta que despide abril aporreando la viejas tejas castellanas y las paredes de adobe. Hoy era uno de esos días de brasero encendido, resguardo en las faldas de una mesa y compañía familiar. Y así lo he sentido en el regreso a uno de los pueblos de mi infancia: Santo Tomé de Zabarcos.

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A Santo Tomé de Zabarcos, el pueblo de mi abuela

Un pueblo, por pequeño que sea, siempre ocupa una parte en el corazón y en la memoria de quién ha correteado por sus calles, ha bailado por primera vez con una chica en una fiesta y años después ha sostenido al primer hijo de ella en sus brazos levantándolo hacia el cielo, quién ha ido a recoger la leche a las cuadras y con su nata, pan y azúcar se ha hecho la merienda, quién ha tratado de recomponer la historia de sus abuelos y tíos imaginándola como un puzzle sin piezas, de quién ha compartido allí con sus abuelos retazos de su vida: una comida con ellos, ir a la fuente de la iglesia a por agua, ir al horno de pan a recoger barras y pastas, ir a buscar a la abuela a las partidas de cartas veraniegas… ¡Un julepe! En Santo Tomé hay una parte de mi corazón y de mi memoria…

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